Selva Almada es una escritora argentina que nació en Entre Ríos en 1973. Los temas que aborda —y cómo los aborda— me atraparon como una enredadera. Conocer a Selva es como conocer un parque nacional. En este artículo comparto los motivos para leerla y amarla, sin spoilers.
Por Flo Straso
Dato de color
A Selva Almada la conocía antes de conocerla. De hecho le puse su nombre a una de mis gatas más amadas. Pero recién el año pasado la leí por primera vez. Y no pude parar. Su lectura tan conversacional, tan oral, tan situada en un territorio particular, me atrapó (y me atrapa) en tiempo récord. A la mayoría de sus libros los leí de un tirón. Perdón, Selva… no sé cómo te caería eso, pero yo te lo digo como un halago: con vos no puedo parar hasta terminar.
Leer a Selva es…
Sus escritos se sienten como conocer Parques Nacionales, charlar con tu nona mientras comparten unos mates dulces, o ver una película de Almodóvar ambientada en el campo. Un paseo por la cultura oral del pueblo y por nuestras raíces: las costumbres, las dinámicas, las curanderas, las cuidadoras.
Creo que los temas que elige para sus narraciones no son los hegemónicos ni los trending topics. Sin embargo —y a pesar del paso del tiempo— tienen vigencia. Al menos en mi experiencia situada: una mujer de 35 años, nacida en una ciudad con alma de pueblo, en el interior de Córdoba, que escucha atenta las historias de sus antepasados y que observa la transformación del presente con un toque de nostalgia… mientras se pone el cinturón de seguridad para ir con todo hacia lo nuevo sin olvidarme de dónde vengo.
Chicas muertas
Su libro Chicas muertas me fascinó. Escrito antes del “Ni Una Menos” del 3 de junio de 2015, recupera la historia de tres femicidios ocurridos mientras Selva crecía. El trabajo antropológico que hace ahí hace justicia: mucha más que la mismísima justicia, que dejó y deja los casos sin resolver. Ella le devuelve vida a esas muertes.
Ladrilleros
Ladrilleros es uno de los libros de su “trilogía de varones” (una expresión que surgió sin querer queriendo). Mi favorito. Literalmente lo leí de una sentada. Su historia, escrita con una oralidad muy marcada y un ritmo conversacional, sorprende todo el tiempo.
El recurso lingüístico de ir leyendo sin entender del todo, hasta que las piezas empiezan a encajar, no tiene desperdicio. El alcohol, los varones, la misoginia, la masculinidad frágil, las costumbres, las mujeres jefas de casa, el amor por los hijos, el valor de los hermanos, el trabajo… son algunos de los temas que este libro toca. Y que nos toca, como sociedad.
No es un río
En No es un río también se rescatan la amistad, la familia, la masculinidad, el alcohol, la naturaleza… Siempre ahí, la naturaleza como un entorno muerto-vivo, donde la vida y la muerte son parte del mismo ciclo.
El viento que arrasa
En El viento que arrasa, otra vez aparecen la familia, la masculinidad, las madres que se van, los padres que se quedan, las imposiciones, el paisaje, el viento… Todo eso dibuja una novela más que interesante.
Una casa sola
Esta es su última publicación en marzo de este año, 2026, y su gran diferencial es que la voz narradora es la de una casa, y su esencia es la misma Selva de siempre. Una lectura amable para oxigenarnos.
Selva es una de esas almas de otros tiempos que nos visitan, y tenemos la suerte de ser contemporáneas a ella. Deja registro de aquello que no se ve, pero sucede.
Qué bueno ser contemporánea de Selva Almada. Aguante Selva: conocer a Selva es conocer a la selva.
¿Y vos? ¿Ya conocías a Selva Almada? Contame si la leíste, si la tenés en la lista o si me querés recomendar alguno de los que todavía no leí. Siempre es lindo charlar de libros.
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